Lunes de cuentos: Mar de Ensueño

 

Mar de ensueño

Sus pasos se amortiguaban por la arena, mientras las olas borraban sus pisadas, escondiendo su huida. Corría desesperada, como si la misma muerte la persiguiera, con las lágrimas rodando por sus mejillas.

Siguió corriendo, sabiendo que el tiempo jugaba en su contra. Los primeros rayos del sol despuntaban anunciando un nuevo día, algo, que en otras circunstancias le hubiera alegrado, más aquel día el amanecer llegaba demasiado pronto. Desesperada, miró de soslayo el hogar que abandonaba, su único hogar y vio que él encendía la luz, el único que quedaba en la casa tras la muerte de su amada madre.

Imbuida por la fuerza de la locura desembarrancó una de las barcas de los pescadores y saltó. Empezó a remar, alejándose de la costa sin mirar atrás. No tenía tiempo de pensar, no podía detenerse a meditar sus acciones, si quería escapar de la tortura de vivir con su padrastro. ¿Cómo podía su madre haberse equivocado tanto? ¿Cómo iba ella a dormir con él, a fingir ser su madre? No, jamás sería su amante. Si había de encontrar el amor algún día, no sería en sus brazos. Tampoco creía que aquello fuera amor, un viejo de cincuenta años y una chiquilla de quince. No, era algo repulsivo que, con solo recordarlo, le provocaba arcadas. Por suerte, borracho como estaba tras el funeral, se había dormido sin llegar a tocarla, pero estaba convencida de que la suerte no la acompañaría una noche más.

Siguió remando hasta que los brazos le dolieron tanto que tuvo que parar. Con cuidado metió los remos en la barca y miró a su alrededor desconcertada. No podía decir cuanto tiempo llevaba remando, pero el sol estaba en lo alto y a su alrededor no había más que agua. Rodeada por el mar, sin horizonte que contemplar, se dio cuenta de que no sabía dónde estaba, dónde quedaba la tierra o hacia dónde debía remar.

No importa se dijo a sí misma— de todas formas, tampoco me quedan fuerzas para seguir adelante. ¡Ay la mar! ¡Mi salvación y mi muerte! ¡Llévame donde desees!—exclamó cerrando los ojos y permitiendo que el sol bañara su piel por última vez.

Con el vaivén de las olas, el sol acariciando su piel y la sensación de estar a salvo pese a encontrarse a las puertas de la muerte, dejó que el sueño la atrapara, libre de todo miedo.

Despierta, ¡despierta! —ordenó una voz.

Se vio obligada a parpadear para protegerse de la luz del sol. Se maldijo a si misma por haberse quedado dormida. Ahora la llevarían junto a él y prefería mil veces morir que regresar. Quiso empujar a quien la había despertado, más unos brazos fuertes la sujetaron.

No temas, no voy a hacerte daño —susurró la misma voz al tiempo que la soltaba.

Algo en su tono la tranquilizó. Usó su mano de visera para ver a quién pertenecía aquella dulce voz. Se sorprendió al descubrir que se trataba de un joven, no mucho mayor que ella a juzgar por sus rasgos. Su pelo moreno le caía hasta los hombros. Tenía la piel muy tostada por el sol, como si siempre estuviera al aire libre. Sus ojos verdes la miraban con curiosidad y una sonrisa afable se dibujaba en su rostro. Vestía tan sólo con un pantalón corto, dejando visible su musculoso cuerpo. Agitada, quiso incorporarse, pero se dio cuenta de que no estaba en el bote que había robado. Perpleja, multitud de preguntas se agolparon en su mente, pero su boca estaba demasiado seca para poder articular palabra. El joven se dio cuenta y le acercó una cantimplora.

Toma, bebe un poco, la necesitas —ofreció.

Alisa —le devolvió la cantimplora, todavía desorientada —gracias por ayudarme.

Alain, no hay de que —respondió el joven —pero quédatela y bebe un poco más. Cuando te he encontrado estabas ardiendo. No es muy buena idea quedarse dormida en el mar.

Si supongo —murmuró incómoda al percatarse de que él la estaba observando.

No se sentía muy bien consigo misma. Se consideraba bajita, algo regordeta, con su pelo pelirrojo que llamaba demasiado la atención, los ojos azules y la piel demasiado blanca para vivir en la costa. No es que fuera una modelo, desde luego. Se extrañó al no recibir ninguna burla de Alain, cuyo nombre debería haber sido Adonis o Apolo, que según la mitología griega eran los dos dioses más guapos del Olimpo.

Intentando desviar la atención miró a su alrededor descubriendo una isla preciosa. Recordaba a su madre leyéndole cuentos acerca del paraíso y pensó que aquel lugar debía serlo. Estaban en una playa de arena ligeramente violeta, a su espalda la vegetación partía de la arena para adentrarse en una montaña y cubrirla de colores verdes, rojos y anaranjados. Como si hubieran estado en silencio, esperando a que su visitante las descubriera. Cientos de aves empezaron a piar, levantando el vuelo y cubriendo el cielo de todos los colores del arco iris.

Se oyó un estruendo y las aves regresaron de inmediato a sus nidos. Alain frunció el ceño y corrió hacia el borde de la playa. Alisa le siguió, buscando su bote con la mirada, pero no había ni rastro de él. Estaba a punto de preguntarle a Alain por él cuando gritó al darse cuenta de que se habían detenido en el borde de la playa y el mar quedaba a un metro debajo de ellos. Era como estar en el borde de una piscina.

¿Qué ocurre? —preguntó Alain que parecía preocupado.

¿Por qué el mar está ahí abajo? —exclamó señalando hacia el mar.

Siempre está así, no te entiendo —respondió Alain perplejo.

¿Cómo que siempre está así? ¡Nunca está así! Las olas acarician suavemente en la playa, adentrándose en la arena, incluso en las playas donde la marea es suave, ¡jamás lo había visto! —exclamó Alisa.

¿Qué las olas se adentran en la arena? Eso es imposible, ¡no se podría navegar! —protestó Alain.

¿Navegar? ¿Estás bromeando? —exclamó Alisa.

Mira, ahora no tengo tiempo. Se acerca una tormenta y debo varar la isla y anclarla al fondo del mar o estaremos perdidos —explicó Alain.

Alisa quiso protestar, pero Alain parecía muy preocupado, por lo que decidió dejar sus dudas para otro momento. El joven se situó en el borde de la playa con las palmas abiertas mirando hacia el mar y las piernas ligeramente separadas. Cerró los ojos y Alisa pudo oír un murmullo inteligible. Las manos de Alain se iluminaron con una suave luz del mismo color que la arena. Se oyó un estruendo y el suelo tembló como si realmente hubieran estado en movimiento y la isla hubiera embarrado.

El cielo empezó a oscurecerse y el suave olor a tormenta empezó a sentirse en el ambiente. Alain cogió de la mano a Alisa y la llevó hasta la entrada de una cueva, invitándola a entrar. La joven se detuvo, recordando de repente las manos de su padrastro intentando acariciarla. Un leve estremecimiento recorrió su cuerpo y las lágrimas amenazaron con volver.

Vamos, aquí estarás a salvo, no temas —dijo Alain ofreciéndole de nuevo la mano que había soltado.

Diciéndose que Alain no era como su padrastro, aceptó su mano y dejó que el joven le enseñara su hogar. A dos metros de la entrada se encontraba una enorme puerta de madera adornada con gravados que asemejaban una enredadera. Alain la abrió colocando su mano cerca de la cerradura. Alisa se estremeció al darse cuenta de que tanto la forma de abrir la puerta, como de dirigir la isla parecía magia.

¿Donde estamos? —preguntó la joven temblando.

En Atlantis, ¿dónde si no? —respondió Alain sonriendo.

Alisa, demasiado sorprendida para protestar, siguió a Alain y entró en la cueva, esperando encontrar un lugar frío, oscuro y húmedo. Nada más lejos de la realidad. La cueva era un único espacio enorme iluminado por la luz del sol. Miró hacia arriba y se dio cuenta de que el sol se filtraba por un enorme agujero que ocupaba el lugar del techo. Abrió desmesuradamente los ojos y hubiera soltado algún improperio acerca de la futilidad de resguardarse en una cueva sin techo, pero todo a su alrededor llamaba su atención. Era como si se hubiera metido en un lujoso apartamento de un millonario.

Ponte cómoda, voy a ponerme una camisa antes de que refresque —comentó Alain señalándole el sofá.

Alisa se sentó e inmediatamente el sofá se reclinó para que quedara tumbada. Desde aquella posición podía contemplar la abertura del techo. Lo cierto es que resultaba preciosa. Las nubes cubrieron el cielo y la estancia quedó en la penumbra. Un relámpago precedió al trueno y las gotas de agua cayeron con fuerza, rebotando en un techo que no estaba. Alisa se quedó mirando embobada como el agua parecía detenerse justo encima de su cabeza, como si hubiera un cristal. Pero estaba segura de que allí arriba no había nada. Unos pasos interrumpieron sus pensamientos y se volvió hacia a Alain que se había puesto una camiseta roja ajustada, que le quedaba de muerte con sus pantalones cortos y sus bambas negras. Si no estuviera en una isla flotante, le hubiera tomado por un chaval normal y corriente, eso sí ,que estaba como un tren, pero a parte de eso, no parecía un habitante de un mundo extraño e irreal. Quizá fuera eso, quizá estaba soñando. Se pellizcó con fuerza el brazo y gritó de dolor.

¿Por qué has hecho eso? —protestó Alain sentándose junto a ella y mirando su brazo.

Le había salido un pequeño moratón y Alain quiso curárselo. Turbada, Alisa retiró el brazo. Apartó la mirada y sintiendo que no podía más se echó a llorar. Alain, sin saber muy bien que hacer la rodeó con sus brazos y permitió que la joven se descargara en él. Lentamente se fue calmando al sentirse segura entre sus brazos. Siguiendo un impulso irrefrenable, le hablo de su hogar, de su madre, de su padrastro y de su mundo. Alain la escuchaba sorprendido, como si lo que explicara fuera parte de un sueño.

Por eso tengo la impresión de que he muerto y esto es el paraíso o estoy soñando —explicó Alisa.

De ahí el pellizco —señaló Alain —lo que dices es tan extraño que me siento igual. Como si tu mundo y el mio no pudieran ser el mismo.

Es que no lo son. Aquí usas magia y te aseguro que en mi mundo no existe —observó Alisa —¿cómo me encontraste?

Vi un extraño objeto, tu bote, navegando a la deriva y me acerqué para ver que era. Estabas dentro inconsciente y no tenías muy buen aspecto. Até tu bote a mi playa con magia y te tumbé en la arena. Cuando me volví para subir tu bote, había desaparecido. Nunca había visto una embarcación así y me pareció cosa de brujería —respondió Alain sin poder contener un escalofrío.

¿Brujería? ¿No es lo mismo que magia? —preguntó Alisa sorprendida.

No, que va. La magia es el poder que reside en todos nosotros. Gracias la magia se mueven nuestras islas, contenemos la lluvia sobre nuestras viviendas y realizamos nuestras tareas. La magia es buena e incluso algunos sanadores pueden usarla para curar. Pero la brujería … mi padre me contó que la brujería es una perversión de la magia con el único fin de dominar a los demás para el propio beneficio —explicó Alain.

Si creíste que era una bruja, por qué me rescataste —preguntó Alisa.

Bueno, yo, verás estabas tan hermosa en el bote que pensé que alguien como tú no podía ser mala —respondió Alain turbado.

¿Hermosa? ¿Ella? Aquella revelación le pareció más increíble que lo de la magia y los brujos. Sintió deseos de besarle allí mismo, pero se contuvo y miró hacia el suelo avergonzada.

Gracias por salvarme —murmuró Alisa al fin, rompiendo el tenso silencio que se había impuesto entre ambos.

¿Cómo has llegado hasta aquí?, quiero decir, yo te he subido a la isla, pero cómo has llegado a mi mundo —preguntó el joven.

No lo sé. Huía de mi mundo y le pedí al mar que me llevara donde deseara —respondió Alisa.

El mar, donde reside el poder de nuestra magia, quizá después de todo, sí corra por tus venas —dijo Alain sonriendo.

Alisa sintió que su corazón saltaba en su pecho al ver su sonrisa, pero intentó sosegarse, sin comprender que le estaba sucediendo. Se encogió de hombros por toda respuesta y se quedó mirando hacia el techo de nuevo. Había dejado de llover y el sol se abría paso entre las nubes.

¿Puedes llevarme al lugar donde me encontraste? —preguntó Alisa.

Te encontré en el mar y estamos en el mar —respondió Alain perplejo.

¡No seas tonto! —exclamó Alisa golpeándole suavemente el pecho. Esta vez fue Alain quien enrojeció —, me refiero a las coordenadas donde me encontraste, el punto exacto donde estaba perdida, o como lo llames.

Esta bien, creo que podré encontrarlo —afirmó levantándose —¿vienes?

Alisa asintió y le siguió intentando no pensar en lo que sentía. Cada vez que él la miraba, le sonreía o era amable con ella, lo cual era a cada instante, sentía que su corazón estallaría. Distraída se golpeó contra Alain cuando este se detuvo en el borde de la playa y tuvo que sujetarle para evitar que cayera por la borda. Cuando recuperaron el equilibrio Alisa se dio cuenta de que le estaba abrazando y sin mediar palabra le besó, incapaz de controlarse. Estaba convencida de que él le daría un bofetón o algo parecido, pero Alain se limitó a devolverle el beso. Se hubieran quedado así si nada les hubiera interrumpido. Alisa se revolvió inquieta al oír un penetrante graznido, para ver que tan sólo se trataba de un loro que volaba sobre sus cabezas.

¿Dónde están tus padres? —preguntó Alisa.

En su casa —respondió Alain.

¿No vives con ellos? —preguntó sorprendida.

Es costumbre que cuando alcanzamos los dieciséis años viajemos solos durante un año explorando Atlantis para completar nuestra formación y desarrollar al máximo nuestras habilidades. A veces es difícil acceder a la magia y cuando tienes que enfrentarte a los problemas sin nadie que te ayude, no tienes más remedio que espabilarte —explicó Alain.

Alisa pensó que era una buena forma de aprender y sintió ganas de quedarse con él, en su viaje. Como si Alain adivinara lo que sentía se disponía a besarla de nuevo cuando el revuelo de los pájaros les sobresaltó. Huían asustados hacia el interior de la isla y los dos jóvenes buscaron a su alrededor el origen de su miedo.

¡Mira! —gritó Alisa señalando hacia el mar —¿eso es normal?

No, para nada —murmuró Alain, poniéndola a su espalda.

Delante de la isla se había formado un extraño remolino en el agua que parecía ennegrecerla. Al mirarla Alisa se estremeció, sabiendo que era fruto de alguien malvado. Aquella magia era totalmente diferente a la que había estado haciendo Alain. Era perversa y emanaba odio a todo cuanto le rodeaba. Empezó a materializarse un cuerpo y Alisa gritó horrorizada al reconocerlo.

Alain quiso detenerle enviándole una ráfaga de viento, pero el brujo rechazó su ataque. Con un simple gesto, estrelló al muchacho contra las rocas que cayó inconsciente en la arena. Alisa quiso correr a su encuentro, pero se vio atrapada por una extraña fuerza que la envolvía impidiendo que se moviera. Intentó desatarse de las invisibles cuerdas sin éxito mientras la voz de su padrastro reía contemplando su derrota.

Niña, niña, me has sido más útil de lo que nunca hubiera imaginado. ¡Y pensar que estuve a punto de matarte cuando descubrí a tu madre! —rió el brujo.

¡Tú! ¡La mataste tú! ¡No fue un accidente! —exclamó Alisa horrorizada.

Oh, no querida, te equivocas, sí fue un accidente —respondió Serafín —verás pequeña, descubrí en tu madre corría sangre atlantiana.

¡Eso es imposible! —interrumpió Alisa.

Te equivocas de nuevo, ¡que niña más tonta! —exclamó el brujo tapando su boca con una alga —cómo te iba diciendo, descubrí que tu madre descendía de los antiguos atlantianos que en tiempos inmemoriales poblaron la tierra. Quise valerme de ella para regresar a mi hogar. No me mires así, estúpida chiquilla, ¡por supuesto que soy atlantiano! ¡el más grande y poderoso que ha existido jamás! Pero claro, mi poder despertó las envidias del resto de mis congéneres que me desterraron a un mundo sin magia donde podían contenerme. O eso creían los muy ineptos. Por desgracia, algo debía saber tu madre, porque cuando intenté despertar su magia, ella se resistió e intentó detenerme. Debí imaginar que sería tan necia como tú. Pero en fin, resultó que provocándote logré que despertaras tu poder y abrieras un portal entre ambos mundos. Ahora que he regresado, ¡nadie podrá pararme! —añadió regodeándose ante su victoria.

Algo despertó en el interior de Alisa. Cerró los ojos y se concentró en su madre, a quien tanto amaba, recordó la sonrisa de Alain y sus dulces labios. Había destruido su mundo matando a su madre y no le permitiría que hiciera lo mismo con Alain. Protegería a Atlantis aunque le fuera la vida en ello. El viento se arremolinó a su alrededor liberándola de las tenazas que le inmovilizaban. Serafín se volvió hacia su hijastra con los ojos desorbitados. Alisa brillaba con una luz violeta más intensa que cualquier otra luz que jamás hubiera visto. La joven señaló al brujo y la luz le envolvió. Serafín aullaba de dolor. Se retorcía intentando zafarse de la prisión de luz que lo envolvía, pero la fuerza de Alisa era mucho más potente de lo que podía resistir y se desplomó.

El viento cesó y Alisa dejó de brillar. Asustada corrió hacia Alain que intentaba levantarse. Tenía mal aspecto y le sangraba la cabeza. Alisa le obligó a recostarse de nuevo y le besó, sin saber muy bien que hacer. La luz de la joven volvió a brillar y les envolvió a ambos durante un instante. Al separarse, la luz volvió a apagarse. La herida de Alain había desaparecido y el joven presentaba el mismo aspecto saludable que cuando le viera por primera vez.

Eres una sanadora, ¿cómo? —preguntó Alain desconcertado.

Serafín dijo que la sangre de los antiguos atlantianos corre por mis venas —explicó Alisa.

Le has … —dijo mirando hacia el cuerpo inerte del brujo.

No, yo, no, no he podido —murmuró cabizbaja.

Me alegro —dijo Alain besándola —será mejor que avise a mis padres.

¿Puedes llamarles? —preguntó sorprendida.

Por supuesto, y aparecerán enseguida. Ellos le detendrán y todo habrá terminado —explicó Alain sonriendo —y podrás quedarte en Atlantis, si tú quieres —añadió anhelante.

¿Para siempre?

Para siempre.

Dos figuras aparecieron en la playa encontrándose a un hombre inconsciente y a unos jóvenes besándose con pasión.


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