LUNES DE CUENTOS: LUMPING, UN MUCHACHO DIFERENTE
LUMPING,
UN MUCHACHO DIFERENTE
La calle estaba desierta, cuando Lumping cruzó la acera, con sus pantalones tejanos raídos, camiseta azul, a juego con sus gafas, y la mochila a la espalda. Era algo que siempre ocurría, cuando él cruzaba, y eso que no era un tipo fornido que asustara a sus compañeros. No, más bien era un tipo corriente, no muy alto, delgado, pelirrojo y con los ojos verdes. O al menos, así se lo repetía una y mil veces a su amigo Shifu, su dragón de komodo, que en aquel momento había decido pasearse desde su mochila, hasta su cuello. Shifu era como él, demasiado pequeño para su edad. Probablemente, ya debería haber alcanzado los dos metros. Aunque al medir tan solo un metro, tenía la forma ideal para enroscarse en su mochila o en la almohada de su cama.
Shifu insistía en que Lumping no
tenía nada de corriente. Después de todo, ¿quién tiene un dragón de komodo con
el que puede hablar? Pero Lumping no le hacía caso. Esquivaron a un coche que
se quedó embobado mirando a Shifu, mientras éste le sacaba la lengua
descaradamente.
—Deja de pavonearte Shifu —regañó Lumping.
—Oye chaval, que cuando
se tiene un aspecto como el mío, uno se puede permitir ese lujo. Además, fue el
tipo ese el que se quedó mirándome como un bobo. Ya sabes que no me gusta que
me miren fijamente —refunfuñó Shifu.
—¡Oh, vamos! Déjalo ya
—exclamó Lumping, abriendo la puerta de su apartamento.
Shifu
saltó inmediatamente hacia el sofá, buscando el reposabrazos caliente por el
sol que entraba desde la ventana. Lumping meneando todavía la cabeza, tiró la
mochila junto al sofá y fue directo a la nevera. Fuera, el ruido de los coches
era ensordecedor. Desoyendo las protestas de su amigo, cerró la ventana. No
había hecho más que darse la vuelta, cuando tuvo que volver a abrirla para que
entrara su gata, que traía unos cuantos ratones. Raiven dejó caer sus presas
junto al sofá y Shifu se apresuró a saltar al suelo.
—¿Vas a dejar que ese
dragón se lo coma todo? —protestó Raiven, malhumorada.
—¡Eh! Varanus komodoensis para ti, nena —replicó
Shifu.
Raiven
rebufó erizando su pelo. Lumping, harto de los dos, cogió su mochila y se fue a
su cuarto, dejando a sus amigos enzarzados en una típica pelea. Hacía muchos
años que había dejado de preocuparse por sus discusiones. Cuando sus padres le
regalaron sus mascotas por su sexto cumpleaños, el muchacho había alucinado. Al
principio, cada uno de sus padres había insistido en cada mascota se quedara en
su casa, Shifu en la de su padre y Raiven en la de su madre, alegando que eran
tan diferentes que quizá se pelearían y se harían daño (o le harían daño a él,
había añadido su madre mirando con repulsión al dragón). Pero Lumping había
llorado, había pataleado y al final, se había salido con la suya. Sus dos
mascotas siempre viajaban con él. La primera vez que se pelaron, Lumping se
asustó mucho, pensando que su madre los separaría. Por suerte para él, no
estaba y logró arreglar el estropicio antes de que volviera de su guardia en el
hospital. La siguiente bronca tuvo lugar en casa de su padre, por lo que el mobiliario
no notó demasiado el terremoto causado por sus dos mascotas. Dejó de
preocuparse cuando comprobó que, después de pelearse, sus dos amigos acababan
enroscados como si fueran inseparables. Al final, lo único que les exigía era
que se comportaran, cuando estuvieran sus padres delante.
Antes
de que tuviera tiempo para sacar los deberes de su mochila, escuchó los típicos
ronquidos de Raiven, señal inequívoca de que se había quedado dormida.
Sacudiendo de nuevo la cabeza, se centró en sus deberes de mates. No tenía
muchas ganas de ponerse a hacer derivadas, pero pensó que lo mejor era quitarse
de en medio el trabajo pesado. Echó un vistazo rápido a las láminas de dibujo,
esas sí que tenía ganas de hacerlas. Estaba terminando un dragón espectacular,
encaramado a unas rocas y con una luna de fondo. Ese dragón en particular, con
sus colores azules y morados, era uno de sus bocetos preferidos. Llevaba siglos
soñando con él y por fin era capaz de dibujarlo. Incluso a Shifu, que
normalmente era un aguafiestas, le brillaban los ojos cuando contemplaba el
dibujo y le animaba a continuar.
Impaciente
por dedicarse al dragón, se metió caña con las mates y terminó en seguida,
aunque no estaba muy seguro de haberlo hecho muy bien. Apartó su libreta,
preparó sus lápices y sacó con cuidado su lámina. No le quedaba demasiado,
tenía pintado todo el fondo y prácticamente todo el cuerpo del dragón. Tan sólo
tenía que terminar las alas y estaría visto para sentencia. Cuando dejó el
último lápiz sobre la mesa del escritorio, prácticamente era de noche.
Satisfecho, contempló la combinación perfecta de azules y morados que adornaban
las alas y se imaginó a si mismo, montando al dragón, encaramado a su grupa,
insignificante y a la vez imponente.
—Lo ha terminado
—susurró Raiven a su espalda.
—¡Maldita sea! ¿Cuántas
veces te he dicho que no te acerques con tanto sigilo? ¡Me has asustado!
—protestó Lumping.
—Deberías estar alerta
maestro —regañó Raiven.
—¡Venga ya Raiven! No
empieces otra vez con el rollo del maestro. Yo no soy ningún maestro de la
magia, soy un tipo corriente, más bien bajito y sin muchos amigos para ser
exactos, ¿crees que un maestro de la magia como tú me llamas, sería un
solitario? ¡Sería el tío más popular del colegio! —gritó Lumping impaciente.
Raiven sin embargo le sostenía la mirada divertida —. ¡Ah, sí, lo olvidaba! Los
maestros de la magia guardan su secreto ante los demás y sólo manifiestan su
poder cuando es necesario. Oye, aquella vez que me atracaron dos tíos frente al
instituto, no me hubiera venido mal un poco de ayuda mágica.
—Maestro, quieras o no,
eres lo eres y ya estás preparado —aseguró Raiven.
—La gatita tiene razón,
muchacho, ha llegado el momento —corroboró Shifu, con un extraño brillo en los
ojos. Miraba a Lumping con tal mezcla de orgullo y satisfacción, que hizo
enrojecer al muchacho.
—Será mejor que subamos
a la azotea, aquí no vas a caber —observó Raiven.
—¿Qué pasa? ¿Desde
cuándo Shifu no cabe en nuestro apartamento? ¡Ni que fuera un dragón de diez
metros! —exclamó Lumping, harto de las tonterías de sus dos amigos.
—¡Exacto chaval! ¿No
querrás que lo destroce verdad? —respondió Shifu, guiñándole un ojo.
Sus
dos amigos salieron hacia el pasillo, dejando a Lumping farfullando algo acerca
de los malditos gatos que saben abrir puertas. Viendo que no tenían ninguna
intención de regresar, les siguió, pensando que era el tipo con peor suerte del
universo, ¿a quién más le podían haber regalado dos mascotas como éstas?
Al
salir por la portezuela de la azotea tras sus mascotas, tuvo que mirar dos
veces, antes de comprender lo que sus ojos estaban viendo. Parpadeó, intentando
aclararse la vista e incluso se quitó las gafas y se frotó los ojos, creyendo
que estaba alucinando. Pero no, el dragón que había dibujado estaba allí, de
pie, mirándole fijamente a los ojos. Cuando habló, lo hizo con una voz extraña
y familiar, demasiado parecida a la de Shifu. Se quedó embelesado ante el
dragón, incapaz de ver o escuchar.
—Raiven, el chaval se
ha quedado sordo —refunfuñó el dragón —¡he dicho que si quieres subir!
Al
volverse hacia Raiven, el muchacho casi se desmaya. No había ni rastro de su
gata. En su lugar, una chica de su edad le miraba burlona, con los mismos ojos
negros que su gata, clavados en él.
—Sordo y atontado
—añadió Raiven, acercándose a Lumping.
Se
situó delante de Lumping y le dio una colleja en la frente. Éste protestó, pero
estaba demasiado sorprendido como para defenderse. Raiven era un poco más
bajita que él, tenía el pelo corto de color azul, la piel morena y sonreía de
oreja a oreja, con la misma picardía que solía mostrar su gata. Lumping
retrocedió un paso, asustado.
—Chico, aposté por ti,
allá en nuestro mundo y ya sabes que detesto perder, así que échale narices y
sube a mi grupa de una vez —rugió Shifu, impaciente.
Quizá
fuera porque no le gustaba que le menospreciaran o porque estaba demasiado
sorprendido como para protestar, pero obedeció. Lumping saltó para encaramarse
sobre su dragón y se descubrió levantándose en un vuelo de diez metros y
situándose justo encima de la grupa de Shifu. Antes de que tuviera tiempo para
arrepentirse, el dragón levantó el vuelo y Lumping se encontró sobrevolando
Barcelona bajo la luz de las estrellas. Al principio el espectáculo era tan
increíble y maravilloso, que fue incapaz de pensar. Pero cuando tomó conciencia
de que no estaba soñando, que Shifu era un dragón de verdad y que estaba
sobrevolando la ciudad, multitud de preguntas asaltaron su mente.
—Tranquilo
majete, tómatelo con calma o ¡te dará un ataque! —resonó
la voz de Shifu en su interior.
Del
susto, Lumping se soltó y empezó a caer demasiado deprisa. Sin saber muy bien
cómo o por qué, su caída se frenó y quedó suspendido justo encima de la Ronda
Litoral. No es que hubiera mucho tráfico, después de todo eran las once de la
noche de un lunes, pero aparte de la inmensa sorpresa (y por supuesto infinita
alegría) de no haberse estrellado contra el asfalto, empezaba a preguntarse
como diantres a nadie le sorprendía que un chaval estuviera suspendido en el
aire y que decir tiene del dragón de diez metros que aleteaba a su lado con
expresión divertida.
—No
nos ven tío, si no a estas alturas ya habríamos provocado varios infartos, unos
cuantos accidentes de tráfico y algún que otro lío aéreo
—aclaró Shifu.
Lumping
empezaba a sentirse algo mareado. Estaba flotando sobre el tráfico, Shifu le
estaba hablando telepáticamente y Raiven era una chica que estaba como un tren.
¡Maldita sea! ¿Cuántas veces se había desvestido con ella al lado? Por suerte,
Shifu le recogió suavemente sobre su grupa, cuando el muchacho se desmayó,
abrumado por el exceso de emociones.
Despertó
en su cama con Shifu enroscado a sus pies en su forma de dragón de komodo, por
lo que, durante un breve instante, pensó que todo había sido fruto de su
imaginación, hasta que Raiven se acercó a él, trayéndole una bandeja con su
cena.
—Oye, será mejor que
comas algo, pero no te acostumbres a que te sirva la cena, que no soy tu criada
—dijo Raiven, dejando la bandeja sobre la cama y sentándose a su lado.
—¿A no? Pues es
precisamente es lo que creí que Revend te ordenó que fueras —señaló Shifu.
—Te equivocas, soy su
cuidadora, que es muy diferente. Tú sí que estás a sus órdenes, que eres su
dragón —espetó Raiven.
—¿Es que vosotros dos
no podéis parar de discutir ni un momento? —gritó Lumping, empezando a
enfadarse.
El
muchacho tenía demasiadas preguntas en la cabeza y quería que aquel par de
liantes le aclararan muchas cosas, antes de que regresara su madre. Por
fortuna, tenía guardia doble aquel día, pero a las dos de la madrugada llegaría
puntual como siempre y ya eran las doce pasadas. Sus dos amigos le hicieron
caso por una vez y se quedaron callados, contemplándole con expectación.
Lumping suspiró. Parecían entusiasmado con lo sucedido y daba la impresión de
que esperaban grandes cosas de él, cuando ni siquiera comprendía lo que había
ocurrido. Repasó mentalmente los hechos. Bien Shifu era en realidad un dragón
gigante que podía adoptar la forma de un dragón de komodo para camuflarse y
Raiven era chica que se transformaba en gata para ocultarse. Los dos le hablaban
como si él realmente fuera un mago y, un momento, ¿quién era Revend?
—El Señor de los
Maestros —respondió Shifu, desperezándose, tanto como podía hacerlo un dragón.
—¿Qué? ¿Dónde? —gritó
Raiven, incorporándose de repente.
Lumping
tomó nota de que la gata, bueno, mejor dicho, la chica, se había asustado al
creer que ese tal Revend estaba allí. Debía ser un tipo muy especial para
provocar esa reacción en ella.
—Estaba explicándole al
chico quien es nuestro jefe —aclaró Shifu, mirando divertido a Raiven, que
pretendía acicalarse lamiéndose la mano.
«Quizá
algunas costumbres animales, eran difíciles de contener cuando pasas
transformado tanto tiempo en uno», pensó Lumping.
—Nada de eso chaval, es
que es una gatmu —respondió Shifu.
—¡Queréis para de una
vez! —exclamó Raiven enfadada —sí, ya conozco todo ese rollo de la telepatía
entre magos y dragones, pero mientras esté presente, os agradecería que
hablarais como las personas normales.
—¡Pero si no los somos!
—exclamó Shifu riendo —para empezar tu eres una gatmu, es decir una humana y
gata a la vez, yo soy un draken, un dragón de guerra y de komodo y Lumping es
un mago. ¡No tenemos nada de corrientes!
—¿Revend es vuestro
jefe? —preguntó Lumping, intentando no volver a desmayarse. Era demasiada
información para aquellas horas.
—Nuestro jefe,
inclúyete en el pack —especificó Shifu, señalándole con la cabeza.
—¿Es un mago? —quiso
saber el muchacho, intentando no pensar acerca de las implicaciones de que ese
tal Revend lo fuera.
—El más grande, sin
ningún lugar a dudas, aunque tiene muy malas pulgas, me atrevería a añadir
—respondió Raiven, rascándose detrás de la oreja.
Resultaban
un tanto desconcertantes todos aquellos gestos gatunos en su forma humana.
Lumping trató de centrarse en la conversación, era demasiado importante como
para distraerse con tonterías.
—Espera Shifu, antes
has dicho algo así como que habías apostado por mí, en nuestro mundo, pero yo
soy terrícola, ¿no? —protestó Lumping débilmente. Empezaba a dudar de todo lo
que sabía.
—A ver, exactamente
terrícola, diría que no. De los tres eres el que más lo parece, desde luego,
pero somos tersianos —replicó Shifu.
—¿Tersianos? —exclamó
Lumping.
—De Tersia, nuestro
planeta natal. Está a diez mil millones de años luz de la Tierra. Se trata de
una zona del universo que los terrícolas desconocen por completo, por eso
Revend decidió enviarte aquí —aclaró Raiven.
—Pero mis padres...
—empezó a farfullar Lumping.
—¿Los adoptivos o los
verdaderos? —preguntó Shifu.
—¡Mis padres adoptivos
son mis únicos padres! Los otros me abandonaron —respondió Lumping con rabia.
Puede que sus padres fueran algo raros y era difícil vivir con ellos al estar
separados, pero los amaba con locura y no deseaba tener a otros padres.
—No te abandonaron,
murieron. Lo siento chaval, sé que no lo esperabas, pero así es la vida
—corrigió Shifu.
Durante
unos instantes Lumping permaneció en silencio, como si temiera hablar y volver
a estallar. Sabía que su amigo no tenía la culpa, pero si saber que era un mago
y que venía de otro planeta ya era bastante complicado, aceptar que sus padres
habían muerto y no le habían abandonado, aún era más difícil.
—¿Cómo murieron?
—preguntó Lumping, rompiendo el silencio.
—Asesinados por un
disidente. Veras, tus padres eran los reyes de nuestro mundo y algunos creían
que no deberían existir reyes que nos gobernaran, así que se creó una facción
disidente que luchaba por eliminarlos. Uno de ellos logró colarse en una
reunión de estado y los mató —respondió Shifu.
—¿Así que por que
alguien no estaba de acuerdo con ellos, los mató y ya está? —preguntó Lumping,
con voz queda.
—Sí, hay gente así de
inútil en todo el universo —asintió Shifu.
—¡Vaya una porquería de
mundo! —gritó Lumping, conteniendo las lágrimas.
—Nuestro mundo no está
nada mal, Lumping, —consoló Raiven colocándose a su lado —en todas partes hay
gente buena y gente mala.
Lumping
tardó un momento en responder. Todavía estaba conmocionado por la muerte tan
cruel de sus padres.
—¿Qué ocurrió entonces?
¿Por qué acabé aquí? —preguntó el mago.
—Revend temió que
hubiera una guerra y decidió enviarte a un lugar seguro, hasta que todo se
calmara. Nos envió a Shifu y a mí, para protegerte, hasta que todo se
tranquilizara y las aguas volvieran a su cauce, o hasta que estuvieras
preparado para asumir tu destino —respondió Raiven.
—¿Mi destino? —preguntó
Lumping, desconcertado.
—¿No lo has pillado
todavía, chaval? ¡Eres el príncipe heredero de nuestro mundo! —rugió Shifu.
—¿Príncipe? ¿Yo?
—farfulló Lumping.
—Si tú —respondió
Raiven pegando su cara a la del muchacho —estás un poquito lento hoy, ¿no?
—¿Y en todo este tiempo
no habéis tenido noticias de Revend? —preguntó Lumping, intentando desviar la
conversación hacia otro tema. No se sentía preparado para asumir que era un
príncipe, además de un mago.
—No, ni una sola
—respondió Shifu rascándose detrás de la oreja, como si no le importara lo más
mínimo.
Lumping
miró a sus amigos con renovado respeto. Tenía que haber sido muy duro
abandonarlo todo, para protegerle. De repente, sus discusiones, sus travesuras
y los líos en que acostumbraban a meterle, se volvieron intrascendentes,
incluso le dio la impresión de que habían sido pocos, dadas las circunstancias.
—¿Y ahora qué hacemos?
—preguntó Lumping.
—¿A qué te refieres?
—preguntó Shifu.
—¿Tenemos que volver a
Tersia o debemos esperar a que Revend nos llame? —dijo Lumping.
—Esto, yo, no sé
—farfulló Shifu incómodo, mientras Raiven desviaba la mirada.
—¡Alto, alto, alto!
¿Sabéis volver? —preguntó Lumping, escamado.
—La verdad es que no,
chaval. Revend nos trasladó a la Tierra mediante magia, orquestó tu adopción y
nos dejó contigo para que te protegiéramos, pero no dijo nada de como volver.
Quizá esperaba regresar, antes de que fueras lo suficientemente mayor como para
volver por tus medios —reconoció Shifu.
—¿Entonces ahora qué
hacemos? —insistió Lumping, levantándose de golpe y empezando a dar vueltas por
la habitación.
—¿Tú que quieres hacer?
—preguntó Raiven, tímidamente.
—¿Yo? —exclamó Lumping.
Lo
cierto es que no tenía ni idea de que es lo que debía hacer, lo que quería o lo
que era mejor. Si ya era difícil aceptarse a veces y no caer en la tentación de
considerarse un bicho raro, como se sentía a menudo, con todo lo que acababa de
descubrir, todavía era peor. Siguió tumbado, mirando hacia el techo.
Sintiéndose observado por sus dos colegas, la situación no mejoraba que
digamos, así que tomó la decisión de no tomar ninguna decisión.
—Necesito dar una
vuelta —exclamó Lumping, levantándose de improviso.
Sus
dos amigos e disponían a seguirle, cuando él les detuvo, con una expresión que
no dejaba lugar a dudas. Quería estar sólo y, esta vez, su compañía sobraba.
Raiven se transformó en gata y se enroscó a los pies de la cama, aceptando de
buen grado la imposición de Lumping. Ella estaba acostumbrada a vagabundear
sola por Barcelona y comprendía perfectamente lo que le sucedía a Lumping.
Shifu, sin embargo, no parecía estar dispuesto a permitirle un viaje nocturno
sin su compañía. Finalmente, ante las protestas del muchacho, accedió de mala
gana y se enroscó junto a Raiven.
Lumping
respiró el aire fresco de aquel día de abril. No es que se vieran muchas
estrellas, a pesar de que la noche estuviera totalmente despejada, pero el
muchacho se imaginó contemplándolas en el pequeño pueblo de Teruel donde solía
pasar las vacaciones. Allí no había prácticamente contaminación lumínica y
tumbado en la ladera del Santo, la pequeña colina donde se asentaba Bádenas,
podía disfrutar de la Vía Láctea, de las estrellas fugaces y de la paz del
silencio. Cerró los ojos un instante y disfrutó de la sensación de no oír
ningún ruido a excepción de una lechuza. Asustado, abrió los ojos al darse
cuenta de que realmente había oído a una lechuza. Incrédulo, se frotó los ojos,
incapaz de procesar lo que estaba viendo. Se encontraba en una de las lastras
de pizarra de la colina del Santo, tal y como había imaginado, pero aquello era
imposible. Dando un traspiés cayó al suelo y cuando se clavó un cardo en la
mano y sintió el pinchazo, no pudo negar que era demasiado real, como para ser
fruto de su desbordada imaginación.
—¡Maldita sea! ¿Cómo
diablos he llegado aquí? Sé que os he pedido que os quedarais en casa chicos,
pero ojalá estuvierais aquí conmigo —se lamentó Lumping, contemplando la torre
de la iglesia.
—Tus deseos son
órdenes, maestro —rezongó una voz a su espalda.
—¿Cómo diablos habéis
venido aquí? —exclamó Lumping, al darse la vuelta y encontrarse cara a cara con
sus dos mascotas.
—Siempre me ha gustado
visitar Bádenas, aquí uno se siente a salvo y como no hay mucha gente, puedo
volar cuando se me antoje —observó Shifu, transformándose en dragón.
El
batir de sus alas resultaba estruendoso en aquel silencio y Lumping temió que
alguno de los pastores se despertara.
—¿Quieres quedarte en
tu forma pequeña? ¡Podrían verte desde cualquier lugar! —protestó el muchacho
vigilando a su alrededor.
—¡Chaval! Que ya te he
dicho mil veces que los terrícolas no pueden vernos, ¡relájate! —replicó Shifu.
—¡Eres un dragón de
diez metros! ¿Cómo voy a relajarme? —chilló Lumping.
—Respirando
profundamente e ignorando a Shifu, cosa que yo hago constantemente —explicó
Raiven.
Lumping
quiso protestar, pero al contemplar a Raiven bajo la luz de las estrellas, se
dio cuenta de que estaba espectacular y fue incapaz de articular palabra. Shifu
contemplaba la escena divertido y cuando una mueca apareció en su rostro,
Lumping recordó que podía oír sus pensamientos.
—Ni se te ocurra decir
una sola palabra —advirtió Lumping, señalando amenazadoramente a su dragón.
—O si no que —saltó
Shifu gallito.
—Te recuerdo que soy un
mago —avisó Lumping.
—Un mago que no se cree
mago, que no es capaz de hacer magia y que no acepta ser quien es —replicó el
dragón.
—Te recuerdo que os he
traído aquí —masculló Lumping, empezando a enfadarse.
—Pura chamba —respondió
Shifu insolente.
La
paciencia de Lumping se agotó de repente. Siempre hacía lo correcto, procuraba
ser amable, aguantaba las burlas de compañeros y a pesar de ello, sonreía.
Trabajaba duro para sacar buenas notas, ayudaba a sus padres y cuidaba a sus
mascotas, pero que Shifu actuara como un cretino, con todo lo que estaba
sucediendo, era más de lo que estaba dispuesto a soportar. Sintió un extraño
hormigueo en la punta de los dedos y actuando por instinto, señaló a Shifu
sobre el que descargó un rayo azul, que rebotó en sus escamas, provocando una
pequeña explosión.
—¿Se puede saber en qué
estabas pensando? —gritó Raiven.
Lumping
se dio la vuelta sorprendido para ver que la pobrecilla había salido disparada
hacia lo alto de la colina, cayendo sobre unos zarzales. Estaba manchada,
dolorida y totalmente despeinada, algo que Lumping sospechó que iba a pagar
caro. Actuando por instinto de conservación, el muchacho disparó a Raiven otro
rayo que le alcanzó de lleno, antes de que la gatmu pudiera reaccionar.
—Buen trabajo, chico
—reconoció Shifu al ver a Raiven de nuevo en perfecto estado y con cada uno de
sus cabellos en el lugar correcto.
—Eso está mejor
—reconoció Raiven, todavía mosqueada.
—Por cierto, chaval, se
me había olvidado advertirte de que a los dragones nos rebota la magia. Sólo un
impacto directo en nuestra boca puede hacernos efecto. Será mejor que lo
recuerdes, por si nos topamos con un dragón poco amistoso —aclaró Shifu.
—¿Encontrarnos con otro
dragón? ¿Hay más dragones en la Tierra? —preguntó Lumping preocupado. Si
acababa de saber que era un mago, que existían los dragones, criaturas mágicas
como Raiven y vete a saber que otros seres extraños, ¿cómo diablos iba a enfrentarse
a otro dragón?
—No que yo sepa
—respondió Shifu —pero ahora que ya te has dado cuenta de que sí eres un mago,
regresaremos a casa, ¿no?
Lumping
sintió una punzada de lástima por su amigo. Comprendió que llevaba mucho tiempo
lejos y que probablemente añoraba su verdadero hogar. Lanzando una mirada de
reojo a Raiven, supo que sentía lo mismo que Shifu. Eso empeoró las cosas.
Lejos de aceptar que era un mago, Lumping se sentía totalmente perdido. Por
mucho que su vida fuera un lio, amaba a sus padres y no estaba dispuesto a
perderles por un lugar al que ni siquiera había visto y unos padres que habían
muerto y a los que no recordaba.
—Menuda porquería esto
de ser un mago —protestó Lumping, dando una patada a una piedra.
—Oye, ¿por qué no
volvemos a casa? —propuso Raiven poniendo una mano sobre el hombro del mago —tu
madre volverá pronto y no creo que tengas que decidir de inmediato lo que vas a
hacer. Quizá deberías pensarlo con calma.
Lumping
sonrió agradecido. Iba a aceptar su oferta, cuando por el rabillo del ojo captó
un extraño destello. Actuando de nuevo por instinto, levantó su brazo y un
escudo rodeó a los tres amigos. En el mismo instante en que la burbuja
protectora les cubría, un rayo de color rojizo impactó sobre ellos, levantando
una polvareda que les impedía ver a su alrededor. Su escudo desapareció con el
impacto, pero la fortuna quiso que aguantara lo suficiente para detener el golpe
sin sufrir ningún daño.
—He de reconocer que
eres rápido muchacho —dijo una voz frente a ellos.
Los
tres se quedaron helados, aquella voz, aunque amigable en principio, tenía un
tono frío que les erizó la nuca.
—¿No habías dicho que
no podían vernos? —susurró Lumping.
—Tu dragón tiene razón
pequeño mago, los terrícolas carecen de la capacidad necesaria para verte
—explicó la voz, arrastrando las palabras de una forma amenazadora.
Lumping
forzaba la vista intentando ver a quién tenían frente a ellos, pero la
polvareda todavía no se había disipado y a duras penas lograba entrever una
silueta. Por la voz, suponía que era un hombre y por sus comentarios, adivinó
que era un mago, lo que le llevó a la siguiente cuestión: ¿amigo o enemigo? Por
su actitud, sospechaba la respuesta.
El
polvo desapareció, dejando ver a un hombre alto, trajeado, con guantes sin
dedos, a pesar de lo cual no perdía su elegancia, sombrero de copa que cubría
su cabeza, dejando entrever su cabello amarillo, no rubio, no, literalmente
amarillo, ojos de color azul eléctrico y una sonrisa que no tenía nada de
amistosa.
—¡Shirvend! —exclamó Raiven,
trastabillando al retroceder un paso.
Lumping
nunca había considerado a Raiven una cobarde cuando creía que era una simple
gata y ahora que conocía su verdadera identidad no tenía pensado cambiar de
opinión, por lo que verla asustada, o mejor dicho, aterrorizada, hizo que de
inmediato se pusiera en guardia y sintiera verdadero pavor. A su espalda, Shifu
gruñó como sólo podía hacerlo un dragón como él, lo cual llevó a pensar a
Lumping que su dragón estaba tardando en atacar a aquel mago ¿no había dicho
que era inmune a la magia?
—Lo soy muchacho, lo
soy, pero contra el poder de Shirvend no tengo nada que hacer —retumbó la voz
de Shifu en la mente de Lumping —levanta un escudo de nuevo sin que lo perciba
o estamos muertos —añadió, en tono de premura.
Lumping
quería explicarle que no sabía cómo diablos levantar un escudo o hacer
cualquier cosa que hicieran los magos, pero algo en su interior le dijo que
protestar no serviría de nada. Recordó las clases de Tai Chi a las que su madre
le había obligado a ir cuando se divorció, alegando que sería bueno para él
aprender a defenderse. Como si el Tai Chi, fuera Kick boxing o algo parecido.
En cuanto pensó en el Tai Chi, en su forma de almacenar la energía de su propio
cuerpo, supo que estaba en la buena dirección. A pesar del peligro, cerró los
ojos se concentró y empezó a balancearse suavemente de un lado a otro. Debía de
dar la impresión de que se había vuelto loco o algo peor, pero dejó que este
pensamiento fluyera, sin que le afectara. Pudo oír como aquel tal Shirvend se
reía a su costa, pero tampoco dejó que le turbara, hacía tiempo que había
aprendido que la opinión de los demás no era importante, si lo que tratabas era
de confiar en ti mismo. Lejos de amilanarle, la risa de su enemigo le dio más
fuerza, y supo exactamente lo que tenía que hacer.
Al
tiempo que levantaba sus manos hacia el cielo, un escudo se levantó
envolviéndoles a los tres en una esfera protectora. Antes de que el tipo bien
vestido pudiera reaccionar, lanzó un golpe de energía mágica hacia él. El
hombre trastabilló. Estuvo a punto de caer, pero recuperó el equilibrio y
consiguió detener el ataque de Lumping. Sin embargo, su sonrisa había
desaparecido de su rostro, ahora contraído y perlado por gotas de sudor.
—¡Buen trabajo chico!
—exclamó Shifu, emocionado.
—¡Oh cállate! —siseó
Raiven —Lumping no es rival para él. Es el mago más poderoso de nuestro
planeta.
—Gracias por la
confianza Raiven —rezongó Lumping.
—No lo entiendes, todos
creíamos que había muerto protegiendo a tus padres, si está vivo es porque ¡él
los mató! —gritó Raiven, sin poder contenerse.
En
cuanto lo dijo, Raiven se arrepintió de inmediato. El rostro del muchacho había
palidecido de repente y dio la impresión de que perdía todas sus fuerzas.
Shirvend aprovechó el momento de descuido de Lumping, para atacar. Sólo la
rapidez de Shifu, que levantó el vuelo lanzando a Lumping y a Raiven por los
aires, les libró de una muerte segura. Haciendo un looping impresionante, Shifu
recogió a Raiven y a Lumping que quedaron sentados en su grupa. El dragón salió
disparado hacia las montañas, intentando esquivar a Shirvend que les seguía
volando en una escoba. A pesar de la situación Lumping pensó que aquel tipo
tenía una pinta de lo más estrafalaria, vestido con traje y sombrero, montado
en una vieja escoba de barrer la calle. Un requiebro de Shifu le obligó a
centrarse y se sujetó con fuerza a las escamas de su cuello. Le dolían las
manos y se dio cuenta de que estaban manchadas de sangre. La piel de Shifu era
áspera y cortante. Ese dolor, por insignificante que fuera, le devolvió la
cordura. Shifu era real, Raiven no era fruto de su imaginación, así que, por
fuerza, él realmente había hecho magia. Que diantre, era un mago y si lo era,
no iba a permitir que un viejo chiflado montado en una escoba, hiciera daño a
sus amigos, que habían sacrificado todo lo que amaban, por protegerle.
—¡Haz de nuevo un
looping y quédate a su espalda! —ordenó Lumping.
—¿Estás loco? ¡Te
caerás! —replicó Shifu.
—Haz lo que te digo
¡ahora! —gritó Lumping.
Shifu
se quedó mirando al muchacho. Puede que sólo hubieran pasado unas horas, pero
había crecido mucho más, de lo que hubiera podido imaginar.
—¡Como desees!
—respondió el dragón, con pícara sonrisa.
Lumping
se imaginó a sí mismo y a Raiven atados por unas cuerdas mágicas al lomo de
Shifu. Mientras éste sobrevolaba la cabeza de Shirvend, Lumping visualizó que
sostenía una cimitarra en su mano y lanzó un mandoble al aire, cortando la
escoba en dos. Shirvend empezó a caer.
—¡Atrápalo, que no se
mate! —gritó Lumping, asustado.
Shifu
se lanzó en picado hacia su enemigo, quién, creyendo que el dragón pretendía
partirlo en dos, empezó a lanzar hechizos a diestro y siniestro. Shifu tuvo que
frenar su vuelo, mientras Lumping se concentraba en desviarlos. Cuanta más
magia utilizaba, más seguro se encontraba. Sintiéndose poderoso, quiso lanzar
un hechizo que envolviera a Shirvend y le atrapara en una burbuja, pero antes
de que lo lograra, el mago impactó contra el suelo.
Los
tres amigos desmontaron en silencio. Lumping se estremeció, horrorizado. Estaba
a punto de pedirles a sus amigos que le ayudaran a enterrar al hombre, cuando
su cuerpo desapareció.
—¿Qué ha ocurrido?
—preguntó Lumping con los ojos abiertos de par en par.
—Ha regresado a nuestro
mundo para ser llevado al cementerio de los magos —respondió Shifu.
—¿Cómo lo han sabido y
quién lo ha sabido? —preguntó Lumping.
—Es algo que ocurre
mágicamente, cuando los magos morís vuestro cuerpo se traslada al cementerio.
Allí unos magos os preparan y ofician el funeral —explicó Raiven.
—¿Y nadie se extraña de
que aparezcas ahí? —preguntó el muchacho.
—Bueno, ellos saben si
la muerte ha sido natural o mágica, así que, si lo creen necesario, lo
investigan —respondió Raiven.
—Lo que significa que
ahora en Tersia ya saben que estás vivito y coleando ¡chaval! Seguro que pronto
tenemos noticias de Revend —exclamó Shifu, alegremente.
—¿Por qué Shirvend ha
hecho esto? —exclamó Lumping compungido, mirando hacia el lugar donde antes
yacía el cuerpo. Por mucho que Raiven hubiera dicho que había matado a sus
padres, sentía que nadie merecía un final así.
—Por lo mismo de
siempre, supongo, poder, riqueza, ya sabes —murmuró Shifu.
—Raiven, ¿de verdad él
mató a mis padres? —preguntó Lumping.
La
gatmu miraba hacia el suelo, con los ojos anegados en lágrimas. Shifu se
encogió de hombros, un gesto muy poco draconiano. Como Raiven no parecía
dispuesta a hablar, Shifu se decidió.
—Raiven tiene razón
cuando dijo que Shirvend era el mago más poderoso de nuestro planeta. Por eso
tus padres decidieron nombrarle su guardián. En teoría él debería haber logrado
detener al disidente que se coló en el salón del trono y lo hizo estallar con
tus padres dentro. Oí a un par de dragones decir que Shirvend quería el trono
para sí, pues se consideraba mejor que nadie, pero no les creí. Si realmente
hubiera deseado el trono, después de matarlos, se hubiera apoderado de él. O al
menos eso es lo que pensábamos la mayoría. Además, estábamos convencidos de que
había muerto en la sala del trono junto a tus padres, así que aquella teoría
era descabellada —aclaró Shifu.
—Pues no había muerto.
No logro entenderlo —murmuró Lumping, contemplando el suelo donde antes yacía
Shirvend.
—Shirvend debía matarte
antes de reclamar el trono, o habría muerto por una maldición que tu padre
lanzó, creyendo que de este modo te protegería. Sé que Revend también la
conocía, por eso te envió lejos. Creo que sospechaba que Shirvend no había
muerto y temía por ti —explicó Raiven.
—¿Cómo diantre sabes
eso? —preguntó Shifu desconcertado.
—Porque Shirvend me lo
contó —respondió Raiven. Ante las miradas de desconcierto de sus amigos, la
gatmu siguió hablando —. Secuestró a mi familia y me obligó a prometerle que te
mataría cuando él lograra deshacerse de tus padres. Si yo hubiera hablado, él
no se hubiera salido con la suya, por eso la muerte de tus padres fue culpa mía
—murmuró Raiven, llorando.
Sus
dos amigos se quedaron mirándola sorprendidos. No podían creer que Raiven
hubiera ayudado a aquel desalmado. Lumping se imaginó en su situación,
asustada, indefensa, con su familia en peligro y sin saber qué hacer.
—Pero no lo hiciste, no
me mataste, así que Shirvend no ganó, lo hiciste tú y no podría pedir una amiga
mejor —corrigió Lumping, mirando fijamente a la gatmu.
Raiven
se enjugó las lágrimas y volvió a sonreír. A modo de respuesta se transformó en
gato y se enroscó en el cuello de Shifu que todavía conservaba su forma de
dragón. Sonriendo, Lumping saltó a la grupa de su amigo, no sin antes activar
una manta protectora que le impidiera hacerse daño al sujetarse al dragón.
—Bueno, ahora que has
aceptado quién eres y cuál es tu destino, ¿quién sabe qué aventuras nos
deparará el futuro? —insinuó Shifu, guiñándole un ojo.
El
dragón alzó el vuelo con Raiven enroscada en su cuello y Lumping sentado en su
grupa. El chaval se sentía eufórico, capaz de cualquier cosa junto a sus
amigos, cruzando el cielo azul, que empezaba a teñirse con los colores del
amanecer. Respiró profundamente el aire fresco de la mañana y se relajó. Era un
mago y le gustaba. Lo que pudiera ocurrir a partir de ese momento ya no le
importaba. Como había dicho Shifu, era algo que descubriría en su futuro. Ahora
tocaba disfrutar del presente y de aquel fantástico paseo entre las nubes.
Cristina Rodrigo


Comentarios
Publicar un comentario